martes, 4 de noviembre de 2014

La vía

Isaac Bowen
A ti que me dices que ya no crees, que ya no tienes a Dios en tu vida…

Te quiero susurrar que la vía es bidireccional.

Hace años conseguiste ese billete de ida sin cuestionarlo. Te subiste al autobús en buena compañía. Con Dios. Hacia Dios. Rodeado de los que iban con Dios.

Surgieron preguntas. Surgió la vida. En ese autobús en el que ibas no te respondieron de manera satisfactoria. En algunos casos, no solo insultaron tu inteligencia sino que hirieron la sinceridad de tu corazón.

Los pasajeros del autobús siempre son todos diferentes. Hay algunos que no piensan. Hay otros que tardan en pensar. Hay algunos que disfrutan vociferando en los asientos de atrás y otros que callan en los rincones, observando. Algunos pasajeros son tontos, muy tontos, pero inocentes, y otros son muy listos, y nada inocentes, y posiblemente se hayan colado sin billete.

A ti te acabaron agobiando todos, y de repente todo pareció más complicado. Te empezaste a marear en el autobús, las ventanas te aplastaban con su peso y los colores del paisaje se nublaban.

¿Quién era ese conductor al fin y al cabo?

Dios. No lo siento. No lo conozco. No lo quiero conocer. O sí…pero está tan lejos.

Te bajaste del autobús en plena carretera. De nuevo con la mochila a cuestas. ¿Fuiste de los que les costó pedir que el autobús parara? Quiero creer que sí. Quiero creer que tras bajarte, te quedaste anclado en el asfalto con los ojos inundados de lágrimas mientras pensabas ver que el autobús se alejaba y se hacía un diminuto punto en el horizonte. Creo que junto a tu suspiro de alivio temporal también tragaste una bocanada de terror. Diste media vuelta y empezaste a caminar en dirección contraria.

Por ese camino no vuelvo.

Y es cierto, no volviste.

Pero no es porque tú tengas tanta capacidad de decisión inmutable. Es porque en la vida, sencillamente, no volvemos porque no podemos. Cada paso es una huella imborrable en la Historia.

Sin embargo, hoy me acuerdo de ti con el corazón en la mano, y quiero recordarte que la vía es bidireccional.

Tú te alejas del corazón de Dios, pero su corazón no se aleja de ti.

El autobús que pensaste ver desaparecer en el horizonte en realidad se dio media vuelta y te espera en la siguiente parada...siempre en la siguiente, siempre en la que está delante de ti.

Nunca puedes llegar demasiado lejos.

Nunca es demasiado tarde mientras tengas aliento.

Nunca hay que volver a ningún sitio. Tus piernas ya están cansadas, y no te pueden llevar hasta allí.

No tienes que llevar más esa mochila con tus propios brazos hastiados. Solo tienes que dejarla caer y descansar, y Dios llevará esa pesada carga por ti.

Las preguntas se las puedes hacer a él. Todas. Sin temor. Sin vergüenza. Y con la confianza de que él valora tu manera de pensar y no te pide que aparques la inteligencia.

Su amor…nunca sabrás hasta qué punto llega…hasta que lo experimentes.

Te puedes fiar de él. Le puedes pedir lo imposible. Puedes saber que es real.

De tu boca sedienta, solo tiene que salir un “sí, quiero”, y él se encargará del resto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario