martes, 8 de abril de 2014

Mi adopción es real

Como seguidora de Jesús intentando plasmar su fe en el día a día, intenté llevar a Dios Padre el dolor que azotaba mi corazón esa noche. Me sentía abandonada por alguien que se suponía que siempre estaría conmigo, siempre me comprendería, siempre. Todo se exacerbaba porque no eran meros sentimientos – en la práctica, con palabras, gestos, acciones, realmente me estaba abandonando.

Intenté pensar en la vida de Jesús en la tierra.

—No funciona—le dije a Dios. – Si es que él…si, por ejemplo, no le comprendían sus padres, sus amigos, sus discípulos, familiares, vecinos…siempre tenía esa relación tan estrecha contigo. Era lo que le llenaba.

—Claro, porque tú…como hija mía y hermana suya…tienes una posición inferior.—me dijo con ironía.

—¿Qué?! Pues…

Y de lo maravillosa que era la idea, me llenó de terror y gozo y asombro a la vez. Todo lo que tiene Cristo, lo tengo yo. Mi adopción es real. La comunión que puedo tener es la misma que tuvo Jesús con su Padre. No es menos Padre mío, ni nunca lo será.

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